Hay
libros que tienen la función de agradar o entretener,
otros la de informar o denunciar, o nos proveen de conocimientos
o de preguntas cruciales, otros nos provocan placer
o estimulan nuestra sensibilidad y hay otros que nos
cambian la vida.
Para
dar con ellos necesitamos alguna pista certera, y en
gran medida la industria cultural y publicitaria se
instala en ese espacio para vender sus productos.
Pero
más acá del mercado y los medios masivos,
en el reino de la comunicación personal, convivimos
con toda clase de recomendadores que siguen influyendo
subterráneamente.
Hay
gente que sabiendo de su importancia cultiva esta actividad
interpersonal hasta transformarla, a veces en una técnica,
a veces en un arte.
Los
recomendadores más astutos, saben cómo
pulsar la cuerda del interés por la lectura,
pero para lograrlo necesitan simpatizar con sus víctimas
y conocer sus gustos. Sólo así podrán
cumplir con su rol de conectiva con los paraísos
sugeridos.
Como
en las historias de piratas, los recomendadores son
los que entregan la primera mitad del mapa del tesoro.
Y algunos de ellos aún sueñan, porque
los recomendadores nunca se rinden, en encontrar aquel
libro que nos cambie la vida.